El reconocimiento de la ayuda de España a la independencia de los EE.UU

«Esta república federal nació pigmea por decirlo así y ha necesitado del apoyo y fuerzas de dos estados tan poderosos como España y Francia para conseguir la independencia, llegará un día en que crezca y se torne gigante y a un coloso temible en aquellas regiones. Entonces olvidará los beneficios que ha recibido de las dos potencias, y sólo pensará en su engrandecimiento».

He querido citar al principio de este ensayo las palabrasque había pronunciado el conde de Aranda, embajador deEspaña en París, tras haber firmado la paz de París de 1783en los términos que habían acordado los países que habíanparticipado en lo que se ha llamado Guerra de laIndependencia de los EEUU.

Creo que el mero hecho de haber coordinado y dirigidoel simposio “La contribución española a la independencia delos Estados Unidos: entre la reforma y la revolución (1763-1848)” con la participación de prestigiosos historiadoreshispanistas México Estados Unidos, Reino Unido y España,en la National Portrait Gallery (Smithsonian Institution) me exime de cualquier sospecha de no haber contribuido, en la medida de mis posibilidades, al reconocimiento y difusión de la ayuda de España en la guerra de independencia de los Estados Unidos.

No tengo la menor duda de que, sin la intervención de España, no se hubiera alcanzado un desenlace favorable para la independencia de la nueva nación, cuando menos en el momento en que se obtuvo; aunque es posible que se hubiera logrado en otras circunstancias.

Pero también considero que la falta de conocimiento y de reconocimiento de la contribución española tanto por parte de la opinión pública como de la mayor parte de la historiografía estadounidense responde a motivos concretos que -si no justifican-, al menos explican esa actitud, como intentaré exponer a continuación.

En esa falta de reconocimiento de esa contribución de España por parte de los Estados Unidos podemos encontrar motivos tanto de tipo objetivo como subjetivos, que podríamos llamar psicológicos. Entre estos últimos, es evidente la pervivencia de los prejuicios y estereotipos negativos sobre el legado de España en América que habían sido asumidos en gran parte por los propios líderes de las colonias rebeldes, aunque hubieran rechazado el dominio político de la metrópoli en donde se habían originado.

Como factor objetivo de esa falta de reconocimiento, que se inicia en el mismo momento en que se produce la independencia, es oportuno recordar que -a diferencia de Francia, que en la guerra anterior había perdido casi todas sus posesiones en América septentrional-, España conservaba gran parte de sus extensos dominios en el continente.

La Guerra de los siete años

Es oportuno mencionar el antecedente de la Guerra de los Siete años -que Samuel F. Bemis califica como «el primer conflicto mundial de los tiempos modernos» (2)- zanjada por la paz de París de 1763, por la que España se vio obligada a ceder a Inglaterra la Florida, el fuerte de San Agustín y la bahía de Pensacola, para poder recuperar las plazas ocupadas por los ingleses en Cuba y Filipinas. Pero el rey Carlos III pudo mantener el resto de sus dominios en Norteamérica, añadiendo el vasto territorio de la Luisiana y el puerto de Nueva Orleans, cedidos por Francia como compensación por las pérdidas de guerra por parte de España.

Por lo que, cuando veinte años más tarde se firma la Paz de Paris de 1783, la presencia española constituía un obstáculo a la anhelada expansión del nuevo estado hacia el oeste; por lo que, de

un aliado necesario para ganar la guerra contra Inglaterra, España se convertía en un rival y poderoso vecino.

Como señala el historiador Larrie D. Ferreiro 2 , la Declaración de Independencia de las trece colonias el 4 de julio de 1776, no estaba solo destinado al conocimiento del rey Jorge III sino que era imprescindible para que las potencias rivales de Inglaterra – España y Francia – pudieran apoyar la rebelión de las colonias al considerarlo como un nuevo Estado.

El congreso mandó inmediatmante a las cortes de Francia y España, a una delegación diplomática encabezada por Benjamín Franklin, que a finales de 1776 se entrevistó con el ministro francés de Asuntos Exteriores, conde de Vergennes que, a su vez, le facilitó el contacto con el embajador de España ante la corte de Luis XVI, Pedro Pablo Abarca y Bolea, conde de Aranda.

El aristócrata aragonés no abrigaba ninguna simpatía hacia unos vasallos que se estaban rebelando contra su rey legítimo, pero pensó que España tenía que aprovechar una ocasión quizás única de vencer a su enemigo ancestral. Por lo que, venciendo sus escrúpulos pro-monárquicos, recomendó al gobierno de Carlos III que ayudara de forma oficial a la rebelión, declarando la guerra a Inglaterra en aquel mismo momento, cuando todavía el nuevo estado no «huviese salido de sus aprietos.»

Al recibir ese informe del embajador en París, Carlos III convocó un consejo de ministros donde el secretario de Marina, marqués González de Castejón, indicó «estoy convencido de que debemos ser los últimos de la Europa en reconocer potencia alguna en América, independiente y soberana y esto a más no poder». Otros ministros advirtieron al monarca que el apoyar la rebeldía de los colonos ingleses en la América septentrional supondría un malísimo precedente para los dominios españoles en el hemisferio sur, en alguno de las cuales habían empezado a brotar chispas de descontento 3.

Una decisión salomónica: la ayuda secreta.

Para no desairar a los representantes del congreso, el gobierno de Carlos III optó por una decisión salomónica: no provocaría a Inglaterra con un acuerdo explícito con los rebeldes pero ayudaría al ejército de Washington mandándole armas municiones y pertrechos, así como ayuda financiera, todo ello con el máximo secreto.

Esa estrategia ambivalente tendría como consecuencia que, aunque las cifras de ayuda secreta al ejército rebelde, realizadas a través del puerto de Nueva Orleans y de La Habana, fueron importantes, los beneficiarios de la ayuda a veces no se

enteraron de que procedía de España.

Después, lo mismo que había sucedido en la Guerra de los Siete Años, debido al Pacto de Familia con Francia, el rey Carlos III se vio involucrado en una guerra que no deseaba y para la que ni el ejército y ni flota estaban preparados para la contienda. Por eso, historiadores españoles de la talla de Manuel Serrano y Sanz han manifestado que la decisión de entrar en guerra no fue acertada 4 .

«De los muchos errores que en punto a relaciones internacionales cometieron los ministros de Carlos III, ninguno de tan fatales consecuencias como el auxilio que dieron a las colonias inglesas de América en su guerra de independencia.»(5).Otra consecuencia de esa política ambigua fueron los graves desaires por parte de la Corte Española a los representantes del Congreso de los Estados Unidos que no dejarían de tener funestas consecuencias en la futura relación con el nuevo estado.

Con el propósito de incrementar la ayuda secreta de España y de establecer una relación directa con la corte, en 1777, Benjamín Franklin envió a Arthur Lee a Madrid desde París.

Pero como aún no había sido declarada oficialmente la guerra, temiendo la reacción del gobierno británico, el secretario de Estado Floridablanca mandó detener al diplomático estadounidense nada más cruzar la frontera. Y aunque gracias a la mediación del comerciante bilbaíno Diego María Gardoqui, Arthur Lee se entrevistó en Vitoria con el secretario de Estado saliente, marqués de Grimaldi, el delegado estadounidense se quedó ofendido por haber sido tratado inicialmente como un maleante 5.

Incluso una vez declarada la guerra a Inglaterra, Floridablanca, mantuvo una actitud reservada con el representante del congreso John Jay, que no fue recibido ni una sola vez por el rey Carlos III en los dos años que estuvo en Madrid. Po eso, cuando Benjamín Franklin le pidió a John Jay que se fuese a París para reforzar el equipo en las negociaciones de paz, el diplomático norteamericano preparó su equipaje y se marchó de Madrid resentido y molesto.

La declaración de guerra contra Inglaterra y la paz de Paris de 1783

Entiendo que otros ensayos en esta misma revista darán una información completa de las campañas de Bernardo de Gálvez, una vez se había declarado la guerra en 1789, que supuso el dominio de ambas orillas del Mississippi y la conquista de las plazas de Mobilia y Pensacola, impidiendo así que la flota británica dominase el tráfico marítimo tanto en el golfo de México como en el canal de las Bahamas.

En cualquier caso, en parte como consecuencia de haber sido ninguneado durante su estancia en Madrid, John Jay viajó a Londres y a espaldas de los dos países aliados de Estados Unidos, Francia y España –, concertó un tratado preliminar de paz con Gran Bretaña. En ese tratado Inglaterra hacía generosas concesiones de territorios que ya no eran suyos, por ser los que Bernardo de Gálvez había conquistado para España. Y también reconocía el derecho de libre navegación en el río Mississippi en una cláusula que repetía lo acordado en el tratado de 1763 en circunstancias completamente diferentes.

Para no entorpecer la firma del tratado de paz, el ministro de estado Floridablanca dio instrucciones al conde de Aranda de no exigir en el acuerdo la fijación de la frontera norte y la exclusividad de navegación en el Mississippi, confiando en que se podrían limar esas diferencias en un futuro tratado entre España y la nueva nación.

En el tratado firmado en Versalles por el conde de Aranda y el duque de Manchester el 3 de septiembre de 1783 en la misma fecha en que Franklin, Adams y Jay firmaban con el británico David Hartley la paz definitiva entre los Estados Unidos y Gran

Bretaña, el rey inglés cedía a la corona española ambas Floridas sin especificar sus límites. No deja de ser sorprendente que el vehemente aristócrata aragonés hubiera estampado su firma en un tratado preñado de graves incertidumbres, que iba a constituir un escollo insalvable en las relaciones amistosas entre España y los Estados Unidos. Salvador de Madariaga explica que Aranda decidió firmar ese acuerdo como consecuencia de la situación prerevolucionaria en Francia en el que se adoptaba 6.

El fracaso de Diego María Gardoqui como embajador ante el Congreso americano

Cuando, tras la firma del tratado de París, en 1784 el conde de Floridablanca envió a Diego María Gardoqui a Filadelfia como el primer embajador de España ante el Congreso de los Estados Unidos. Pero cuando Gardoqui llegó a Nueva York, el comerciante bilbaíno pudo comprobar que el concepto que se tenía de España era inexacto y poco decoroso, por lo que fue preciso utilizar los fondos reservados que había otorgado Floridablanca para conseguir que una mayoría simple de siete votos de los congresistas americanos apoyasen el otorgar a España el derecho de navegación exclusiva en el río Mississippi al menos de forma temporal. Pero como para Virginia, Pensilvania, Carolina del Norte y del Sur y para Georgia el acceso al gran río era un asunto vital, sus representantes en el congreso alegaron que eran nueve los votos necesarios para una mayoría cualificada y amenazaron separarse de la confederación si llegaba a firmarse tal acuerdo.

Resulta ambigua la actitud de George Washington, -cuando aún no había sido nombrado presidente -que recomendaba actuar con paciencia en ese tema, por estar convencido que el acceso al Mississippí acabaría cayendo como fruto maduro en manos de los ciudadanos americanos

“Cuando aquel país llegue a poblarse y extenderse al oeste lo que en realidad necesita, no habrá poder que se lo puede impedir (la navegación) con que ¿para que hemos de agriar con anticipación un asunto que es desagradable a otros?»(7)

En 1787 el cuerpo legislativo decretó un receso para elaborar una nueva constitución mediante la convención de Filadelfia, por lo que las negociaciones del embajador español y el Congreso quedarían interrumpidas. Por lo que Gardoqui le pidió al secretario de Estado que le relevase en su cargo, después de permanecer allí durante la toma de posesión de George Washington en 1789 como primer presidente de los Estados Unidos.

El fracaso de la diplomacia española en el reconocimiento de la ayuda de España a la independencia tendría su culminación cuando el 27 de octubre de 1795, el Príncipe de la Paz, don Manuel Godoy y Thomas Pickney, como representante del nuevo estado, firmaron en San Lorenzo de El Escorial un Tratado de Paz, Amistad y Límites entre los Estados Unidos de América y Su Majestad Carlos IV. Mediante ese tratado el gobierno español cedía a la otra parte sin contrapartida más de lo que pedía, como manifiesta el Prof. J.A. Armillas Vicente (8) . También lo describe así Henry Adams (9): «El tratado de 1795, uno de los más ventajosos que jamás hayan firmado los estados unidos, no recibió de la opinión norteamericana el alto crédito que merecía.».

España cedía en ese tratado el derecho de navegación exclusiva por el que tanto se había batallado y se reducían los dominios españoles a las fronteras que habían acordado en el tratado preliminar de 1782 John Jay y el representante del

gobierno inglés, y suponía la reducción del territorio español en la Luisiana a una delgada franja sobre la costa del Golfo de México.

Eduardo Garrigues
Embajador de España,
Presidente del Capítulo de Toledo